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Hay jardines que encierran historias interesantes y recuerdos, de vidas enteras o pequeños momentos pasados en ellos. Jardines de grandes jardineros o sencillos aficionados que encontraban en la naturaleza y en las plantas un modo de vida o la fuente de su inspiración artística. Muchos hicieron del jardín su gran obra de arte mientras otros crearon arte inmersos en los jardines.

Un jardín testigo de una vida culta, boemia y atormentada

Entre ellos hay pintores, escritores, escultores, músicos, etc. En cada época es fácil encontrar un buen puñado de autores virtuosos que aman el jardín y que, si entendemos por arte la actividad o producción del ser humano que se busca la estética y la comunicación de ideas y emociones, creaban puro arte en sus jardines.

Hoy quiero hablaros de un personaje inmensamente creativo y turbulento que pasó sus últimos y atormentados años entre hierbas, arbustos y flores. Se trata de la escritora británica Virginia Woolf, exponente del modernismo literario y una de las más brillantes figuras literarias de Londres en el periodo que transcurre entre las dos Guerras Mundiales.

Virginia nació en Londres, en el seno de una familia acomodada e íntimamente ligada a la intelectualidad de la época. Hija de un novelista de renombre literario y una bellísima madre, musa de grandes pintores del movimiento Prerrafelita, creció y se educó en el libertino círculo artístico de finales del siglo XIX en Inglaterra.

El hogar familiar estaba situado en Kensington, junto a Hyde Park, y allí vivió junto a su familia la pérdida de su madre a temparana edad, la de su hermana (realmente hermanastra) y algo más tarde la de su padre, momento en el que se traslada al barrio de Bloomsbury. En su nueva residencia se convierte en anfitriona de frecuentes tertulias literarias y asienta el Círculo de Bloomsbury, donde participan, entre otros, T.S. Elliot, Bertrand Russell, Leonard Woolf (con quien se casaría algo más tarde) y Vita Sackville-Wets, también escritora, pero a quien quizás conozcas por sus dotes jardineras, hace tiempo hablamos de su jardín en Sissighurt Castle.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el apartamento de los Woolf en Bloomsbury quedó casi destruido por un bombardeo y la pareja se mudó Monk’s House, su casa de campo en Sussex, donde contaban con una pequeña vivienda rodeada de un jardín de algo más de 3000 metros cuadrados. Con el tiempo ampliaron ambas cosas, casa y jardín. El retiro campestre ofrecía tranquilidad e inspiración creativa a Virginia, quien dispuso un pequeño estudio en el jardín donde se retiraba a escribir.

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Virginia sufría depresiones y síndrome bipolar desde temprana edad. En los últimos años de su vida los síntomas se intensificaron y en 1941 se suicidó arrojándose al río Ouse con los bolsillos llenos de piedras. Su marido continuó viviendo en Monk’s House hasta su muerte en 1969. La pareja no tuvo descendencia y la propiedad pasó a manos de Trekkie Parsons, quien la vendió a la Universidad de Sussex en 1972. En 1980 pasó al National Trust y en la actualidad es un museo abierto al público donde se puede visitar el hogar de Virginia Wolf, su cabaña de escritora y los extensos jardines.

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